21 nov. 2014

"Sueños eróticos", relato erótico de Nelson Verástegui

Se dio cuenta de que había despertado pero no quiso abrir los ojos. Quería seguir soñando con el joven vecino del barrio que tanto le gustaba y con quien había soñado apasionadamente. Habían estado en un baile, se habían ido después a la playa con un grupo de amigos, tomaron y terminaron todos desnudos haciendo el amor sobre la arena. El calor de los primeros rayos del sol los había despertado, se encontraron solos y abandonados de su grupo, se besaron de nuevo, se vistieron y se fueron de la mano hasta sus casas.
¡Qué maravilla! El orgasmo había sido casi real. Sentía su sexo mojado y caliente, el clítoris y los pezones estaban todavía hinchados. La arena no era tan cómoda como su mullida cama, pero era lo de menos comparado con la dicha de haber estado con él. En fin, si algún día lograba conquistarlo y hacer realidad esos abrazos y caricias, sería la mujer más feliz del mundo.
Entonces sintió que su cama estaba un poco húmeda. Le dolía la cabeza y no recordaba bien qué había hecho la noche anterior. Buscó a tientas las cobijas para arroparse y seguir durmiendo. Todo era extraño. Por fin abrió los ojos y vio el cielo estrellado. Oyó las olas rompiendo en la playa no muy lejos de sus pies. Se sentó y descubrió en la penumbra que estaba desvestida y acompañada. A su lado dormía profundamente un hombre desnudo de espaldas a ella. Era una noche de verano calurosa, sin brisa y seca.
¿Qué había pasado? No se atrevía a mirar la cara de su acompañante silencioso. Ya con los ojos acostumbrados a la negra noche vio un montón de ropa apilada al lado de una fogata apagada. Tenía que hacer algo.
Se acercó por fin a descubrir la cara de su bello durmiente. ¡Era él! El joven del barrio que tanto ansiaba conocer y amar. Ya no le importaba saber cómo habían llegado a ese lugar ni si era sueño o realidad. Lo empujo por el hombro hasta ponerlo boca arriba. Empezó a acariciar su piel y toda su anatomía con deleite y parsimonia. En su mano crecía el sexo del hombre hasta ponerse completamente erecto como un obelisco. Ella se sentó sobre él y lo despertó con sus masajes húmedos tras la penetración.
En realidad los dos se despertaron. Ella acaballada sobre su marido en su cama en el cuarto de su casa y el marido muy excitado sin entender lo que le estaba pasando. El vecino anhelado se desvaneció al despertar. No importaba. Con su esposo disfrutaría de ese momento placentero sin que ella le contara nunca lo que había soñado.