28 ago. 2015

Tanga Milonguera, relato de Nelson Verástegui

Ayer la vi después de muchos años. Estaba distraído leyendo en mi teléfono cuando de pronto se sentó frente a mí en el tranvía. Estaba vestida de religiosa pero su cara era la misma. Me miró ensimismada sin reconocerme, como si yo fuera transparente. La llamé: «¿Elma? ¿Wilhelmina?». La saqué de su aparente aturdimiento. Como si estuviera aterrizando de un viaje extraterrestre, me contestó en un idioma que no reconocí, quizás una lengua eslava. No insistí. Podría haber sido otra persona o su hermana gemela, si la hubiese tenido, o su doble perfecto. Al bajarme, observando su silueta lejana, los recuerdos de nuestra corta aventura emergieron del fondo de mi memoria.
Fue en Buenos Aires donde la encontré por primera vez. Estaba en la milonga de la tarde en la Confitería Ideal. Las lámparas colgantes del cielo raso, las columnas de mármol, el piso brillante y la decoración retro daban un aspecto de otro siglo al ambiente. Mientras bailaba con una amiga francesa la vi sentarse muy cerca de la pista de danza para cambiarse de zapatos. Su cuerpo perfecto, su minifalda y su blusa de mangas cortas resaltaban su figura. Su pelo castaño rojizo estaba sujeto por una hebilla en la coronilla de su cabeza dejando ver sus bonitas orejas con unos aretes que alargaban su cuello esbelto. Cuando la tanda de milongas acabó volví a buscarla con mis ojos. La corta cortina de música de jazz o de salsa me parecía más larga que de costumbre. No estaba. Las mujeres aprovechan esas pausas para ir al baño para arreglarse y salir tan frescas como habían llegado. En la siguiente tanda de valses la volví a ver bailando con un buen tanguero que le hacía voleadas y sacadas con elegancia. Me dije mientras estrechaba en mis brazos a mi pareja: voy a bailar con esta joven nueva hoy mismo. Estuvo tan dedicado a ella que no me quedó más remedio que renunciar a mis planes y bailar con otras todo el rato. Los vi salir y alejarse juntos antes del atardecer.
La segunda vez que la apercibí fue en otra milonga. No recuerdo si fue en Niño Bien, Sunderland o tal vez Gricel. En todo caso se acercaba el fin de mis vacaciones porteñas. De nuevo apareció en la pista sin que la viera entrar. Estaba con una falda negra y una blusa azul. En brazos de otros bailarines muy experimentados y con los ojos cerrados, iba interpretando las indicaciones que el cuerpo y los brazos de su pareja le marcaban. Me puse a bailar detrás de ellos tratando de captar su atención y de cruzar sus ojos. Había mucha gente y por momentos se me perdían en el torbellino de cuerpos enlazados. Las tandas de tangos, valses y milongas se sucedían sin que pudiera bailar con ella. Había mujeres muy hermosas en medio de otras menos interesantes. La dificultad que tenía para bailar con Elma la hacía única y anhelada. Era mi última oportunidad de tenerla entre mis brazos. No tuve suerte. Desapareció como llegó dejándome un sentimiento de tristeza.
Regresé a Europa y a mi trabajo en Ginebra. El otoño estaba por dar paso al frío invierno. Reanudé con viajes y ocupaciones rutinarias de banquero privado, entrecortadas por mi pasión por el tango argentino que me llevaba a ir a todas las milongas donde fuera. No sé cuántos meses pasaron hasta que un día en la milonga de Alejandro en la Rue du Vieux Billard un domingo por la noche apareció como por milagro. Fue increíble. Ahí sí, no iba a dejar pasar una tercera oportunidad. Crucé su mirada azul apenas terminó de ajustarse los zapatos de danza y con un discreto cabeceo fui el primero que la invitó. Creo que fue con música de Pugliese, mi preferida, que la tomé entre mis brazos y sentí su cuerpo pegado al mío. Su respiración, su perfume y la palpitación de su pulso entre mis manos me excitaban. Sus hermosos senos se frotaban conmigo sin timidez. Era muy buena bailarina. Parecía adivinar perfectamente mis pasos, ocho cortados, salidas cruzadas, giros a la izquierda y derecha, ganchos, traspiés y toda la parafernalia de experto milonguero.
En la primera cortina al fin pudimos hablar por primera vez. Era suiza alemana. Tenía un bonito acento al hablar francés. Acababa de instalarse en la región. Trabajaba con un grupo hotelero viajando mucho para negociar contratos y probar servicios para una clientela selecta. Quedamos en vernos el fin de semana siguiente. Esos días me parecieron eternos. En esa época no había tantos lugares para bailar como ahora que se puede ir todas las noches a alguna parte. Tocó esperar al viernes por la noche hasta la cita en la milonga de Armando y Bárbara en la Rue de Lyon. Allí estuve esperándola tomando con parsimonia vino tinto desde que abrieron. Bailé un par de veces con otras pero estaba decidido a dedicarle la noche a Elma.
Así fue. La acaparé dejando pocas tandas para terceros. Primero hablamos de tango, de los famosos compositores como Di Sarli, D'Arienzo, Troilo, Pugliese, Canaro, Fresedo y Piazzola, luego de sus vacaciones en la Argentina y de sus clases de baile. No siempre estuvimos de acuerdo en gustos, pero nadie es perfecto. Ella había estudiado ballet sin llegar a ser profesional. La sorpresa me la dio proponiéndome ir a tomar mate a su apartamento esa misma noche. Aunque ese té amargo de los jesuitas no es mi preferido, acepté de inmediato.
Vivía en un pequeño apartamento con vista al lago, decorado con gusto, modernismo y simplicidad. Las luces de la ciudad y los reflejos en el agua eran cómplices de nuestra primera conversación a solas, en tête à tête. Me pareció curioso que me dijera que el tango era su terapia, que su sicoanalista se lo había aconsejado y que no se arrepentía de haberle seguido la idea. No tardamos en darnos el primer beso apasionado en medio de las cacerolas de su cocina. Compartíamos esa febrilidad de los nuevos amantes. La segunda sorpresa fue decirme que a ella no le gustaba acostarse con sus enamorados la primera noche, que teníamos que ir muy lentamente en ese terreno, pues sus experiencias pasadas le habían dejado malos recuerdos. Y yo que estaba listo a revolcarme con ella entre sus sábanas tuve que irme solitario y pensativo a casa.
En las dos o tres semanas que siguieron, nuestras ocupaciones nos alejaron. Solo mantuvimos contacto telefónico. Hasta temí haberme equivocado y que Elma quisiera tal vez una relación muy seria y estable que no me convenía pues me dan pánico. Me aguanté hasta la siguiente cita en la milonga de Mariela en la Rue de Montbrillant. Bailamos muy apretados como la primera vez. Cuando me iba a ir a casa, volvió a decirme que fuera a la suya a tomar mate. Le dije francamente que no me gustaba tener que refrenarme después de tantos besos apasionados. «No te preocupes. Esta noche va a ser muy diferente», comentó sonriendo con picardía.
Llegamos muy contentos a su apartamento. Como hombre precavido vale por dos, había llevado una botella de champaña muy fría en mi carro para celebrar la noche en caso de que las cosas fueran por buen camino. Se la di de regalo. Me dijo que esperara en la sala y que me pusiera cómodo. Me hubiera gustado verla volver en ropa interior vaporosa, pero al contario llegó más vestida que antes, con sombrero, abrigo, guantes largos, medias de malla y zapatos de tacón, todo en tonos rojo y negro. Puso tangos modernos de Gotan Project en su equipo de sonido y empezó a bailar sola. Quise levantarme para acompañarla en un abrazo, pero me ordenó que me sentara a ver el espectáculo que me había preparado. Era una coreografía muy sensual que acompañaba un striptease como de cabaret. Su piel blanca bronceada, sus cabellos largos, sus ojos claros, su cuerpo perfecto giraban alrededor mío sin dejarme tocarlo. Mi virilidad estaba levantándose con ímpetu. Cada prenda de vestir que se quitaba me enloquecía cada vez más. Mi piel estaba como de gallina al sentir el roce de sus dedos cuando pasaba cerca de mí. Ya solo le quedaba la ropa interior con encajes, tanga, sostén y corsé apretados que parecían estallar con el volumen de sus armoniosas formas femeninas.
Yo me iba a desnudar, pero me detuvo diciendo que sería más excitante si ella lo hacía. Me puso un pañuelo vendándome los ojos. Sentí sus manos expertas recorrer mi anatomía desabotonándome, bajándome la cremallera o desatándome los lazos de los zapatos. Comprendí que había abierto el sofá cama de un solo golpe. Mi corazón estaba palpitando a mil. Nos abrazamos y besamos desnudos. Trataba de controlarme reservando mis fuerzas para llegar al orgasmo al mismo tiempo que ella, pero no me dejaba tocar su sexo ni acercar el mío. Insistía diciendo: «despacio, sin prisa, con suavidad, tenemos tiempo». Ya desesperado me quité el pañuelo de los ojos y le vi lágrimas en los ojos. Estalló en llanto y mi pasión se apagó como con una ducha de agua fría.
Logré calmarla. Me contó que padecía una enfermedad sicológica cuyo nombre no recuerdo pues me lo dijo en alemán. Era un pavor incontrolable a tener relaciones sexuales. Físicamente su vagina se cerraba cuando la iban a penetrar y el dolor no la dejaba continuar. La terapia del tango le había servido mucho, ya que antes con solo sentir el abrazo de un hombre, padecía dolores internos. Ahora estaba saliendo poco a poco de su trauma. Todavía necesitaba muchas sesiones de sicoanálisis para curarse por completo. Creyó erradamente que ese día perdería su virginidad conmigo.

Esa noche volví a dormir solo a mi casa. Decidimos darnos un tiempo de espera para el siguiente encuentro. La dejé de ver en las milongas ginebrinas. Una vez que coincidimos de nuevo en una, bailamos un par de veces pero el encanto y el hechizo se había esfumado. Me prometió avisarme si lograba salir de su problema para volver a intentarlo. Después desapareció de mi vida y sólo ayer surgió en el tranvía. Prefiero pensar que no era ella y que un día de estos me llamará para darme una buena noticia y bailar de nuevo en alguna milonga.

Relato aparecido en Relatos fotoeróticos, publicado por Ediciones Irreverentes