18 ago. 2015

Detrás de las cortinas, relato erótico de Carolina Sánchez Molero

Relato "Detrás de las cortinas", de Carolina Sánchez Molero, publicado en la antología Relatos Fotoeróticos de Ediciones Irreverentes.
Los pájaros del balcón comenzaron a piar sin armonía. Marta, recién levantada, se acercó lentamente y con paso torpe hasta la puerta de madera.Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando una ráfaga de aire entró por debajo de la larga camiseta que utilizaba como pijama.
De repente y veloz como un rayo, Marta cerró el amplio y desvencijado ventanuco.
Llevaba viviendo en aquella especie de mansión desde que tenía memoria, y aún así, los días de tormenta, seguía sintiendo aquel temor de cuando era niña.
Escuchó ruido en la cocina. O eso creyó. Por supuesto, no podía ser nadie, ya que Marta no tenía compañía alguna en verano. Ella se quedaba todos los periodos estivales en la casa familiar, mientras que sus padres y hermanas viajaban por todo el país. Claro que siempre se quedaba con las ganas de acompañarlos, pero su monótono trabajo de dentista no se lo permitía. Los problemas bucales aparecían, fuera la época del año que fuera y su jefa era un hueso duro de roer.
- Una semana de vacaciones en agosto – Le dijo cuando empezaba a trabajar en la consulta – Luego, cuando cojas experiencia podrás llegar a un mes de descanso veraniego.
Aquella mujer madura, siempre iba vestida de ejecutiva. Sus piernas agradecían las faldas tan cortas que acostumbraba a ponerse. Y las camisas con varios botones desabrochados, eran la admiración, sobre todo, de los clientes masculinos.
Su jefa la había engañado soezmente. Marta llevaba trabajando para ella cinco años, y aún sus vacaciones duraban siete días. A pesar de sus intentos por convencerla para irse más días de agosto, Julia no daba su brazo a torcer.
- Tenemos mucho trabajo en el mes más caluroso del año – Le decía mientras la miraba de arriba abajo – Creo que no deberías adelgazar más.
Julia siempre tenía en cuenta la imagen del negocio. Cada vez estaba más y más pesada con la imagen corporal de su empleada.
- Tienes unos pechos muy bonitos – Le expresaba, mientras se acariciaba con la punta de los dedos, su propio escote – Deja que se te vean, mujer.
Marta estaba cansada. Muy cansada. Todo en su vida, parecía girar en torno a su jefa de cincuenta años.
- Cuando yo era una jovencita como tú, era muy consciente del poder de mi cuerpo, querida – Julia se apoyaba con delicadeza en la mesa de su despacho, con los ojos entornados, sin dejar de mirar casi de forma lasciva, las curvas de Marta.
Alguna vez la joven dentista, había pensado que su jefa la acosaba. Pero rápidamente se le iba la idea de la mente. Marta no podía imaginar que a una mujer le gustara otra. Y más su jefa, que sabía de buena tinta que salía cada mes con un hombre distinto.
Así que, cuando Marta escuchó ruido en la cocina, lo primero que hizo fue mandarle un mensaje a Julia, ya que era la única persona que conocía, que aún no se había ido de vacaciones.
Algo asustada, la joven bajó las escaleras hacía el piso donde estaba la cocina y el salón.
El ruido del viento, no le permitió a Marta escuchar el sonido de un móvil en la planta baja. Si lo hubiera hecho, quizás no habría bajado tan felizmente.
Agarrada a la vieja barandilla de madera, los pies descalzos de Marta llegaron al rellano de la entrada. Allí, tuvo un breve y rápido pensamiento. Desde que comenzaba el calor, se quitaba la ropa interior para estar más cómoda durmiendo y ahora mismo, iba tan solo con una amplia camiseta casi transparente, y si había alguien de verdad en la casa…
Su imaginación voló hacía una escena que no deseaba en la vida real, pero que le solía excitar en sus largas noches de soledad. Lo raro para ella, es que en el suceso que imaginaba, casi siempre era una mujer la que la espiaba desde detrás de las cortinas. El simple hecho de observar en su mente, unos pechos desnudos cubiertos únicamente con la fina tela de una cortina, le hacían llegar al clímax casi en el acto.
 El timbre de la puerta principal le hizo dar un respingo.
- ¡Tengo un cuchillo! – Gritó la joven sin girar el pomo – ¡Así que sea quien sea, márchese!
Aún era de madrugada y a veces, jóvenes de fiesta, molestaban de esa manera a los habitantes de la mansión.
Una voz conocida, la puso en alerta.
- Marta, querida – Se escuchó detrás de la puerta – Soy Julia. He recibido tu mensaje y ha dado la casualidad que estaba por la zona…
Marta algo dubitativa, descorrió la cadena de la cerradura y abrió lentamente la puerta.
En el otro lado, su exuberante jefa, le sonreía con picardía. Marta se quedó paralizada.
- ¿No me vas a dejar entrar? – Julia empujó ella misma la puerta y dio un paso hacia el interior de la casa.
- Sí, claro – Las palabras susurradas por Marta, apenas fueron audibles.
- Veo que me has estado haciendo caso – La miró detenidamente – Has engordado un poco. Me parece estupendo…
Marta protegió su cuerpo con sus brazos y manos.
- Voy a vestirme – Dijo, mientras salía corriendo escaleras arriba.
La esbelta jefa, miró como Marta subía al primer piso, con una media sonrisa de placer en su rostro. A pesar de que la joven intentaba taparse con delicadeza su zona íntima, cada vez que subía un escalón, Julia podía ver su trasero y parte de su sexo al desnudo.
- ¡Si quieres que te ayude! – Exclamó la mujer - ¡No tienes más que decírmelo! – Julia, con sus
manos expertas, se acarició en círculos los pechos.
Marta había sentido la mirada caliente de su jefa clavada en ella, mientras subía a su habitación. En ningún momento se había vuelto, para comprobar si la sensación era real o solo producto de su pródiga imaginación.   
La joven, con el susto aún en el cuerpo, se quitó la camiseta y la tiró encima de la cama.
Aún creía sentir como unos ojos la vigilaban.
El cuerpo desnudo de Marta, era aún más espectacular que con ropa. Julia, que había subido las escaleras con mucha precaución tras ella, lo observaba desde una esquina de la puerta del cuarto.
Nada en la joven dentista, disgustaba a Julia. Sus pechos grandes y duros, sus nalgas respingonas y su bonita cara, hacían de Marta, un placer extremo que Julia disfrutaba, mientras la observaba sin ser vista y se mordía el labio inferior.
Marta por su parte, imaginaba que la escena que tanto la excitaba y había imaginado en sus noches de soledad, se estaba produciendo en esos precisos instantes, así que antes de comenzar a vestirse, se sentó en su cama mientras hacía como que miraba algo en el teléfono móvil. Poco a poco, fue abriendo sus piernas.
Julia apenas podía contener la respiración. Un leve y apagado gemido, salió de sus labios. La joven pudorosa que había conocido hacía cinco años, estaba ofreciéndole una escena inolvidable.
El corazón de Marta latía cada vez más rápido. El solo hecho de pensar que la estaban mirando, hacía estremecer de deseo todo su cuerpo.
Hubiera sido o no decorosa, la dentista en esos momentos no lo era. Su mano derecha sostenía el teléfono y la izquierda rozaba de modo casual, sus pezones erectos.
Su jefa estaba acostumbrada a no hacer ruido. Llevaba años observando, no solo a su atractiva empleada, sino también a muchos de los clientes de su consulta. Desde muy pronto, Julia se había acostumbrado a excitarse de esa forma. Se asomaba a la ventana de su piso y observaba a la gente pasar. Gracias a su gran imaginación, una chica o un chico, vestidos con los atuendos típicos del verano, no eran solo chicos que pasaban debajo de su casa… Eran sus acompañantes silenciosos, cuando la excitación recorría como una corriente todos los lugares sensibles de su cuerpo.
Por unos instantes Marta se cohibió. No estaba segura de que Julia la estuviera verdaderamente observando, pero la mera sospecha de que así era, le hizo avergonzarse.
Una cosa eran sus fantasías y otra muy distinta, que todo lo que ella deseaba, pudiera pasar en la vida real.
Tuvo la intención de tapar su cuerpo desnudo con la sábana, pero esa idea pasó muy fugazmente por su cabeza. Estaba excitada y necesitaba expulsar aquella tensión que ahora la ahogaba, después del sobresalto por el ruido en la cocina.
Pensó entonces que no había comprobado la estancia, una vez que Julia hubo entrado en su casa. Sintió algo de pánico, pero éste la hizo vibrar más, al imaginar a un desconocido mirándola junto a Julia, escondidos ambos tras las cortinas.
A pesar de que Marta racionalizaba la situación y sabía que lo correcto era detenerse, vestirse y buscar al presunto intruso, sus manos no la obedecían. Sin pausa y como si estuviera inmersa en una de sus múltiples fantasías nocturnas, la joven abrió por completo las piernas y comenzó a acariciarse todo su cuerpo.
Julia no podía apartar la mirada de los voluptuosos pechos de Marta. Y Marta no dejaba de mirar hacia el balcón de su habitación.
Fue entonces, cuando la joven creyó ver a alguien escondido detrás de las cortinas. Un grito ahogado de puro placer, subió desde su sexo hasta su garganta. Había llegado al éxtasis sin apenas mover sus dedos, que permanecían temblorosos entre sus piernas ya cerradas.
Julia también gritó, pero con más brío que Marta.
- ¡Cuidado! – Avisó la jefa – En el balcón…
Julia no pudo terminar la frase, ya que un hombre cubierto con un pasamontañas negro, había salido bruscamente de las cortinas.
Marta tragó saliva.
El desconocido intentó abrir el balcón torpemente, mientras amenazaba a las dos mujeres con una gran linterna, a modo de arma.
- No os mováis – Dijo con la voz temblorosa.
Tanto Julia como Marta obedecieron.
El hombre, que ya había conseguido abrir las puertas del balcón, miró hacia abajo y se lanzó al húmedo césped del jardín.
Marta reaccionó. Cubrió su cuerpo con la camiseta y se quedó mirando a su jefa sin pestañear.
A pesar de que había tenido dudas sobre sí estaba siendo observada por Julia, ya no las tenía. Por eso, no le hizo falta preguntar cuánto tiempo llevaba escondida.
Sin mediar palabra, Julia se acercó a la joven que se había levantado de la cama y ahora permanecía muy quieta cerca del balcón. La tenue luz que comenzaba a aparecer detrás de las nubes, atravesaba con facilidad el improvisado pijama casi transparente de Marta.
Julia le ofreció sus brazos.
Sin dudarlo, Marta se dejó envolver por la cálida piel de su jefa y cerró los ojos.

Todo parecía haber terminado, sin embargo la joven dentista supo que en realidad, la historia no había hecho más que empezar.
Relato "Detrás de las cortinas", de Carolina Sánchez Molero, publicado en la antología Relatos Fotoeróticos de Ediciones Irreverentes.